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Infancia y arte

El siguiente texto fue galardonado con el primer lugar en el concurso de narración corta del MARCO en 2016. Este consistia en desarrollar un texto que reflexionara sobre cómo los museos pueden ser lugares de inspiración: 

Mi reflejo se movía en la superficie del agua que llenaba el piso central de MARCO. Me hincaba en el suelo, intentando que mi nariz tocara el agua mientras mi mamá me jalaba de la blusa, evitando que cayera de boca en la imagen fragmentada sobre el mármol.

Era un domingo entre muchos otros, en el que habían accedido a comprar una entrada al museo para acompañar a la niña necia que quería ir a ver los cuadros de figuras e imágenes que para mí no eran más que colores.  

Pudo haber sido 2001, 2002 o 2003. Pude haber tenido 4, 5 o 6 pero al final los días y los años son igual de largos para los niños. No sé cuantos pero fueron varios años de mi vida en los que la mayoría de los domingos estaban reservados para comer con mis tíos en el Marco. Domingos en los que los cuadros y la rampa de la entrada eran mi entretenimiento principal.

Caminaba entre las exposiciones que ya había visto varias veces. Las pinturas cambiaban aunque fueran las mismas. A veces eran colores que llamaban mi atención, a veces pasaba de largo a la siguiente sala. No tenía la altura para ver las obras a los ojos, las veía como se ve a un adulto mayor, como se ve a un gigante. Una niña con la nariz hacia arriba intentando entender por qué los adultos se quedaban en trance con las figuras enmarcadas.

Empezar de atrás, caminar de lado, caminar de espaldas. Yo me perdía de niña entre los cuadros de Grandes Maestros Mexicanos, las esculturas de Robert Therrien después en Frida y en Julio Galán.

Creo que era el silencio lo que más me molestaba, como le pasaría a cualquier niño pequeño. Veía a las personas caminar solas, ver los cuadros y retirarse en silencio. Yo sentía la necesidad de hablar, de inventar las historias detrás de los colores colgados, mientras corría de una sala a otra.

Pasaron 15 años y el silencio ya no me molesta. Me acompaña más como un guía que me deja intentar comprender a los cuadros. Cuadros que aunque ya veo a los ojos, siguen siendo gigantes.

El agua en el centro del museo me sigue reflejando. Un reflejo que se mueve y que se transforma pero que me regresa el mismo sentimiento de cuando era niña.

La paloma que me ha recibido por tantos años me observa a distancia.

La curiosidad que despertó desde que corría por el buffet de los domingos, que bajaba la rampa cerca de la puerta principal, que admiraba los techos altos al igual que colores rosas y amarillos, me ha seguido hasta la entrada. Me espera el siguiente domingo.

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Tomás Saraceno: arquitectura, insectos y el universo

Establecer una relación entre ciencia, arquitectura y astronomía no es algo que podamos encontrar fácilmente en el arte contemporáneo. La capacidad de crear arte de algo que la mayoría de la gente podría considerar meramente un proyecto científico es parte de lo que hace tan valioso el trabajo del artista argentino Tomás Saraceno.

Tomás Saraceno (Argentina, 1973) es un arquitecto graduado de la Universidad Nacional de Buenos Aires que decidió adentrarse en el arte con un punto de vista único. Sus proyectos se caracterizan por enfocarse en temas relacionados con la naturaleza, el cosmos y nuestro papel como humanos viviendo en la tierra.

Entre sus proyectos más impresionantes se encuentra In Orbit. Esta instalación tomó lugar en el museo Kunstsammlung en Alemania y conciste en una construcción de redes que imita a las de una araña. Desde más de 20 metros de altura, los espectadores caminan sobre las redes, simulando modelos del universo y su interconexión con los planetas, agujeros negros y moléculas.

On Space Time Foam fue otro de sus proyectos, esta vez en Milán, que consistía en capas gigantes de plástico suspendidas en el aire donde de nuevo los espectadores podían escalar y caminar por la obra de arte. Desde abajo, parecía que los participantes flotaban entre las nubes. El arte de Saraceno se enfoca en crear experiencias para el público que promueven la reflexión y que permitan ver la fusión de arquitectura, ciencia y arte.

Saraceno trabajó con el Massachusetts Institute of Technology (MIT) como un artista invitado con la finalidad de adentrarse más en las investigaciones sobre meteorología y su relación con la posibilidad de crear globos solares para transportarnos. Aquí también se enfoca en su interés sobre varias especies de arañas que se transportan por el aire mediante sus propias telarañas. Fue responsable por el desarrollo de un método nuevo para poder escanear las telarañas en tres dimensiones y poder estudiarlas más a detalle. Al ver la maravilla arquitectónica que estas mostraban, además de su parecido con las mismas estructuras del universo, Saraceno se inspiró para sus nuevas piezas.

En su más reciente instalación “Ciento sesenta y tres mil años luz” que se encuentra en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, Saraceno comparte su fascinación no solo por las arañas y la estabilidad de sus telarañas, sino que también su parecida relación con el cosmos. Dentro de la exposición se proyecta una película que dura 163,000 años, el tiempo que le toma a la luz viajando por el universo en llegar a la tierra desde la Gran Nube de Magallanes. Saraceno explica que al ver la película, estamos presenciando el pasado.

Tomás Saraceno es un artista que explora las dudas de nuestra existencia en el cosmos. A través de su arte, quiere que el público extienda la conexión que existe entre la naturaleza y el hombre.  El trabajo de Saraceno va más allá de la sala del museo, nos quiere hacer entender que todo está conectado.

Puedes conocer más sobre su trabajo en su página:

http://tomassaraceno.com/

Y en su Instagram:

https://www.instagram.com/studiotomassaraceno/